Letra “Don Petiongo”

Letra del romance extremeño “Don Petiongo”. Romance de ciego.

Don Petiongo

Si ustedes quieren saber, oigan, que contarles quiero
un caso que pasó en Cádiz a un famoso caballero.
El cual de La Habana vino muy gustoso,
en tierra se hallaba alegre y gozoso.

Él se trajo muchas onzas, él se trajo muchas onzas,
las que gastó en poco tiempo, muy alegre con las mozas.
Este noble caballero, Don Petiongo, se llama.
Cuenten lo que le pasó paseando la muralla:

Después de oraciones se encuentra a una moza
de esas que atientan si hay plata en la bolsa.
La comenzó a recrear, la comenzó a recrear,
diciendo que en el café la quería convidar.

Y la dama desdeñosa se mostraba cariñosa,
y era por ver si traía alguna plata en la bolsa;
y ella de que vio que plata traía,
se iba mostrando con mucha alegría.

Y sin más conversación, y sin más conversación,
iba mi Don Petiongo lleno de satisfacción.
Al pasar por un café, se le antojaban camuesas,
también peras y manzanas y algunos dulces en piezas.

Allá en librería, estaba cerrada,
se comió un pavo y catorce postrada.
Pero aquel noble varón, pero aquel noble varón
dejó en la pastelería muy cerquita de un doblón.

Al pasar por la muralla se le antojó un pichoncito;
se le traen sin tardanza al señor Don Petionguito.
Le regala al mozo su medio durito
porque se lo trajo pronto y cargadito.

Al ver la galantaería, al ver la galantería,
salió la niña diciendo: -Me toca la lotería.
Vino el hombre del velón, encendió medio velón;
se metieron allí dentro y cerraron el portón.

Y dice la niña: -¡Qué malita estoy!
porque no me he tomado un polvito hoy.
Sacó el noble caballero, sacó el noble caballero
la caja para que tome tabaco cucarachero.

Luego le sacó la cena, para dar el golpe seguro…
Aquella noche le hicieron gastar ciento treinta duros.
Hasta que le conocieron las niñas del vecindario,
le hacían muchos obsequios, los más dulces y estimados.

Le bailaban el olé, el zapateado.
Guitarras al medio, vino enchapurrado.
Y decían entre sí, y decían entre sí:
-Ojalá Don Petiongo me hubiera querido a mí.

Hasta que vendió el reloj para salir de un apuro
y de ganancia le dieron una peseta por duro.
Y dice la niña con mucho salero:
-Mira tú, el pobre no tiene dinero.

Que aquí no se aguanta más, que aquí no se aguanta más;
ya te puedes ir saliendo a curarte a un hospital.
Viéndose Don Petiongo en la ocasión que se encuentra,
se fue con unos arrieros de esos que venden cazuelas.

A los quince días vino mejorado
y, de sus heridas, muy escarmentado.
Muchachos bobalindrones, muchachos bobalindrones,
no andar con Don Petiongo a eso de las oraciones.

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